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1 mayo, 2010

Perfil Noemí Sanín, Partido Conservador

por eduardoacc82

Las palabras indispensables para escribir una semblanza de Noemí Sanín empiezan por la letra p: precocidad, poder, popularidad y pasión. Todo en su vida comenzó muy temprano: se casó y tuvo a su única hija, María Jimena, cuando aún estudiaba Derecho en la Universidad Javeriana. Fue ministra de Comunicaciones a los 28 años y ya para entonces había sido presidenta de Colmena, y lanzó su primera candidatura presidencial -en 1998- antes de cumplir 50.

Cuatro actividades la emocionan -política, diplomacia, sector privado y familia-, pero de todas ellas la primera es la que nace en el fondo de sus entrañas. “Esta mujer nació para la política”, decía un colega suyo en el cuerpo diplomático en Caracas. Desde niña, aunque la biografía oficial resalta siempre que los padres de 15 hermanos -Jaime Sanín Echeverry y Noemí Posada- eran educadores, en el hogar paisa, religioso y de muchos libros, había política. El padre fue un escritor prolífico que les transmitió a sus descendientes el gusto por la lectura, la militancia conservadora y el interés por lo público.

Noemí entró a la política en el gobierno de Belisario Betancur siguiendo los pasos de su hermana María Stella, quien había sido ministra de Trabajo en la administración de Julio César Turbay Ayala. De Belisario, Noemí aprendió el valor de las relaciones públicas en la política -arte en el que la discípula superó al maestro- pero también aprendió esa posición ideológica ecléctica del primer conservador que llegó a nombre de su partido a la Presidencia desde 1930, en un momento en el que la izquierda estaba de moda.

Noemí se formó como una conservadora progresista y heredó su concepción sobre el conflicto armado, incluida la confianza en el diálogo para superarlo: como ministra de Comunicaciones conoció a Manuel Marulanda y a Alfonso Cano en La Uribe; como embajadora en Caracas apoyó con entusiasmo los diálogos con los delegados del ELN y las Farc; como candidata presidencial visitó el Caguán. Durante varios años la mayor ambición de Noemí Sanín era liderar un exitoso proceso de negociación político que llevara a la paz definitiva.

A Noemí le gusta el poder y ha tejido fuertes lazos con los poderosos, entre ellos los ex presidentes. Cuando era canciller iba a visitarlos y compartía con ellos decisiones cruciales: “Hoy tengo que hacer la ronda”, les decía a sus colaboradores. Además de Betancur, dos liberales -Alfonso López Michelsen y César Gaviria- han sido cruciales en su carrera. Logró convertir a López en su tutor y maestro, hasta el punto que le revisaba algunos de los discursos más importantes en la época en que fue canciller (1991-1994) y en su primera candidatura a la Presidencia, en 1998. A César Gaviria lo conoció cuando era ministra de Comunicaciones, y Gaviria, un joven representante a la Cámara. Sanín tenía un grupo de colaboradoras integrado por María Clemencia Rodríguez, ‘Tutina’, (actual esposa de Juan Manuel Santos, quien era su secretaria privada), María Emma Mejía (directora de Focine) y María Cristina Mejía (viceministra). Literalmente se paraban en la puerta para evitar que los parlamentarios se salieran del recinto, y en Palacio el presidente Betancur las llamaba “el Dr. Quórum”. Esa era la imagen que tenía Gaviria cuando la llevó a la embajada en Caracas a comienzos de su gobierno y luego, en 1991, a la Cancillería. Aunque no hay amistad cercana, desde entonces se ha mantenido un diálogo permanente: Noemí se toma muy en serio sus opiniones políticas.

Con Ernesto Samper y Andrés Pastrana las relaciones han sido conflictivas. De Samper -amigo personal e influyente interlocutora al comienzo de su gobierno- se apartó para siempre cuando renunció a la embajada en Londres en protesta por la confirmación de que a la campaña habían entrado millonarios aportes del cartel de Cali. Con Pastrana también hubo un largo período de distancia y rencor que se mantuvo hasta la actual campaña, cuando volvieron a encontrarse en el Partido Conservador, al que ambos pertenecen y donde convergieron con motivaciones opuestas en el mismo deseo de que un azul sea el sucesor de Uribe.

La cercanía de Noemí Sanín con el poder se extiende a los empresarios. En varias oportunidades ha trabajado en el sector financiero -Colmena, Davivienda, Grupo Social, Federación de Corporaciones de Ahorro y Vivienda- y ha cultivado relaciones cercanas con Julio Mario Santo Domingo, Carlos Ardila y Luis Carlos Sarmiento, y con otros cacaos de Venezuela y España. En su trabajo diplomático como embajadora en Caracas, Madrid y Londres (en dos ocasiones) ha facilitado la labor de los empresarios. Según Fabio Echeverry, “sin duda Noemí tuvo mucho que ver con la llegada de inversionistas españoles al país”.

Sanín tiene condiciones de gerente. En todas las entidades en las que ha trabajado, incluida la burocrática Cancillería, ha dejado utilidades financieras. No es un ratón de biblioteca y su estilo de trabajo es desordenado: en medio de una reunión puede aceptar una llamada telefónica que la consume en un tema totalmente distinto y dejar esperando a quienes están con ella. Atiende decenas de asuntos a la vez y su agenda no tiene orden ni final porque jamás se cansa, trabaja hasta altas horas de la noche y solo necesita cinco horas de sueño.

En la hoja de vida oficial que presenta su actual campaña aparecen logros en los cargos oficiales que ha ocupado, que son reales. En Comunicaciones puso en marcha la televisión por cable y los canales regionales. En la Cancillería consiguió la presidencia para Colombia de los No Alineados, el grupo de los 77, la Cumbre Iberoamericana. En España ayudó a la legalización de cientos de colombianos indocumentados. La fórmula se basa en la persistencia (terquedad, obstinación, empeño) y en las relaciones que logra construir con aliados claves para alcanzar sus metas. Se sabe rodear bien y sabe a quién preguntarle el dato que necesita. Los candidatos a vicepresidente de sus tres campañas -Antanas Mockus, en 1998; Fabio Villegas, hoy presidente de Avianca, en 2002; y Luis Ernesto Mejía, ex ministro de Minas, en 2010- demuestran su preferencia por personas próximas al sector privado. En sus filas se iniciaron, para la vida pública, Juan Luis Londoño y Marta Lucía Ramírez.

Tanto en la vida política como en la empresa privada el magnetismo personal de Noemí Sanín ha sido un gran instrumento. Algunos perfiles sobre su infancia aseguran que desde temprano tuvo la preocupación de no ser bella, aunque lo era. Dicen que se sentía menos atractiva que sus hermanas.

Lo cierto es que en la etapa madura de su carrera -que también fue prematura- ha hecho gala de una capacidad de seducción sin antecedentes. Sanín no ha pasado inadvertida en ninguno de los múltiples escenarios en los que se ha desempeñado. Carisma, simpatía y picardía han sido los componentes de lo que en Venezuela calificaron, cuando fue embajadora, como “el arma secreta de Colombia”. A Carlos Andrés Pérez, el mandatario en la época, le dijo una vez: “Presidente, a usted y a mí nos une que los dos somos de Rubio”. Ella, por el apellido de Mario, su segundo esposo, y él, por el municipio fronterizo donde nació, que lleva ese nombre. Según el presidente de Invamer, Jorge Londoño, “ningún político colombiano ha mantenido durante tanto tiempo una imagen positiva tan alta”.

Las tres candidaturas de Noemí Sanín han sido distintas. La primera, como independiente, fue un fenómeno de opinión comparable al de los verdes en la presente campaña. El lugar común que asegura que habría ganado si hubiera contado con una semana más de campaña tiene mucho de cierto: sus 2.825.706 votos de opinión casi le aseguran el paso a una segunda vuelta en la que habría triunfado. En la segunda, en 2002, su ambigüedad frente al proceso de paz del Caguán y el éxito arrollador de Álvaro Uribe -quien barrió en la primera vuelta- la volvieron casi invisible y cayó a un cuarto lugar con 641.884 votos.

La campaña actual, la tercera, ha tenido altibajos. No era fácil plantear una candidatura sin oponerse a su jefe Uribe, que todavía aspiraba a la reelección, en defensa de la seguridad democrática después de haber sido partidaria de dialogar con la guerrilla, y como abanderada de un Partido Conservador del cual había despotricado. ¿Oportunista? La coherencia no es un valor en la cultura política colombiana y a Noemí le gusta decir lo que quieren oír sus interlocutores. Para ella, los medios de comunicación la han maltratado por ser mujer y le han impedido mostrar su verdadera faceta de representante del ciudadano común frente a los poderosos. Una amiga suya de toda la vida dice que “su talón de Aquiles es su pelea permanente con los medios”, y en las salas de redacción se volvieron leyenda sus constantes llamados a los directores y dueños para quejarse por un titular, por una foto, o por el supuesto sesgo de una nota que tiene que ver con ella.

Lo cierto es que a Noemí le están pasando factura por sus cambios de posición. Hoy no es fácil encontrar columnas a su favor como las que pululaban hace 10 años, y en la mayoría de los análisis aseguran que no le ha ido bien en los debates. En esta campaña Noemí se movió a una derecha que no era suya, para alcanzar los logros de Uribe en 2002, y al lado de Mockus y su ola verde no tiene el carácter refrescante y renovador que tuvo su imagen en el 98.

Pero más allá de los avatares de la política, Noemí forjó el camino para la participación de la mujer en la vida pública del país. Su dedicación, su fortaleza y su pasión la han llevado muy lejos y en esa lucha se ha ganado el cariño de los colombianos. Su meta es ser la primera mujer presidenta de Colombia. Por ahora las cosas no pintan bien y las encuestas no la favorecen, pero con la tenacidad que la caracteriza hay que esperar hasta el último minuto para conocer el veredicto del pueblo.

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