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16 junio, 2011

Crónica de una varada

por andreadelpili

Por Andrea del Pilar Contreras: ¿Conducir estresa tanto? Me cuestiono esto porque fui testigo del mayor grado de intolerancia que pueden demostrar las personas cuando conducen. Era un día soleado, el tráfico estaba pesado, pero la promesa de un almuerzo y un rato agradable nos alentaba a soportar el tedio de los tacos. Todo era perfecto, hasta que, llegando al sitio destinado, se nos apagó el carro frente a la entrada de un conjunto.

Contamos con la mala suerte de sufrir el percance justo cuando una “amable” señora iba a entrar a dicho conjunto. Primero, nos dijo con tono grosero: “voy para allá”, ante nuestra respuesta: “estamos varados”, siguió la mala cara, con torcida de jeta y volteada de ojo. Luego de un buen rato de esperar completamente enojada, la susodicha se dio cuenta que podía entrar pasando por nuestro lado, sin ningún problema.

Decidimos dejar el carro en el conjunto e irnos a almorzar; al fin y al cabo ya habíamos llegado. Después de que nos ayudaron a cargar la batería, retomamos la marcha. El viaje iba espléndido, hasta que el carro se nos apagó pasando un policía. Mientras el conductor intentaba prenderlo de nuevo, pasó un taxista gritando algo ininteligible. Atrás, una mujer (de nuevo, una mujer), pitaba desesperadamente, tanto, que exasperó a las personas que estaban cerca y éstas la abuchearon, haciéndola quedar mal; cuando por fin arrancamos, la mujer pasó rápido con cara de pocos amigos.

Logramos avanzar varias cuadras, pero, en un semáforo, cometimos el grave error de vararnos de nuevo. Los improperios no tardaron en llegar; una mujer que estaba detrás se nos adelantó, no sin antes gritarle al conductor: “animalito” (fue lo más decente que se le ocurrió); otro taxista gritó un insulto que no recuerdo muy bien; otra mujer murmuró: “hijueputa”. Pobre conductor, se las ganó todas. Es increíble cómo los conductores no preguntan, no se toman el tiempo de pensar “qué  pasaría”, sino que asumen que el que se queda parado es un animal que no sabe manejar y que hace taco porque le da la gana.

Haciendo esfuerzos ingentes, el conductor logró orillarse. Ahora, los carros pasaban por nuestro lado y no se oían insultos. Una que otra persona gritaba:”luces” y nosotros con esas ganas de que nos oyeran responder: “no tenemos batería, ¡maldita sea!”. El día, que había iniciado maravillosamente y se había tornado, a medida que avanzaba, en una tortuosa odisea, terminó, por fin, con la ayuda de un mecánico que nos tocó ir a buscar y que nos sacó del apuro.

Señores y, en especial, señoras conductoras, dejen el estrés. Apuesto que las personas groseras que nos insultaron están más propensas a morir súbitamente: paros cardiacos, presiones elevadas, etc. Relájense, toleren, cuenten hasta diez y si no pueden, monten en bus o cojan taxi. De verdad, es muy jarto cuando uno está embalado, llevado del berraco, bregando un carro en pleno tráfico y la gente intolerante, grosera, metida y chabacana detrás insultando y pitando.

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