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31 agosto, 2011

Vivió y murió en la tortura, el caso de Yesica Rocío Vergara Díaz

por eduardoacc82

Yesica Rocío Vergara Díaz, durante los 15 años que el creador le dio de vida, no conoció de alegrías, de sueños infantiles, de amores adolescentes clandestinos, de hermanos que la quisieran o de padres que la protegieran.

Durante sus años de infancia, su padre biológico la despertó brutalmente al amor degenerado de sus bajos instintos, violándola un día sí y otro también, en una relación incestuosa que produjo el rechazo perverso de sus familiares.

Durante sus cortos años de adolescencia solo conoció la tortura física a la que la sometieron madre, padrastro, hermana y hermanastros y que ella, llena de pavoroso terror, desmentía frente a estos y confirmaba frente a extraños.

Pero tampoco gozó de la protección de un Estado que tutelara y preservara sus derechos. Todos, funcionarios del Estado y familiares cercanos, conspiraron, por acción o por omisión, para asesinarla.

Dos monstruos la parieron

Yesica Rocío tuvo la desgracia de ser parida por dos animales… me retracto, no hay amor más incondicional ni padres más entregados que los animales, por muy repulsivos que nos parezcan.

De los monstruos que concibieron a Rocío, pocos detalles se conocen, pero las autoridades tienen plenamente establecido que su padre biológico abusó sexualmente de su hija por lo que parece estar judicializado.

Su madre abandonó al padre y se “rejuntó” con un celador de Madrid, Cundinamarca, en dónde siguió constituyendo una familia disfuncional compuesta por los hijos de Carlos Augusto Fierro Guerrero y sus propios, de varias relaciones. Fierro aportó tres hijos menores y ella encimó dos mayores, antes que apareciera la adolescente Yesica Rocío Vergara, quien, por causas desconocidas se había quedado con su abuela paterna.

Se me olvidaba decirles que esta madre modélica se llama Flor Alba Díaz y tiene 36 envejecidos y eternos años. Sus hijos mayores se llaman Arley Arturo Díaz, de 18 años de edad, Matilde Espitia, de 19 años y nuestra triste protagonista, ya debidamente identificada; todos de apellidos diferentes.

Como un saco de boxeo

Pero igual, en la tángana de violencia homicida participaron todos: menores, mayores y adultos. Y el saco de recibir los macabros golpes, la única destinataria de sus frustraciones asesinas fue la inocente Yesica Rocío Vergara Díaz.

Cuando Yesica se reencontró con su madre venía repuestica, “trozudita” –como dicen los muchachos hoy en día- porque si bien su padre se la pasaba violándola, su abuela se entretenía cuidándola.

Así lo testifica una de las vecinas que la conoció recién llegada y que se cansó de denunciar ante la Comisaría de Familia de Madrid, los atropellos de que era objeto la niña. “…yo conozco a la niña Yesica cuando llegó hace como 3 años aproximadamente ella se encontraba en buen estado salud (sic) gorda cabello largo bien vestida y bien de hay (sic) al poco tiempo empecé a verla con maltrato leve pero era maltrato, mucho después me la encontré en la calle en la esquina del barrio y la observé maltratada y me acerqué y le pregunté qué le había pasado y ella me contestó que la hermana le había pegado y que ella no podía decir nada porque o si no la maltrataban, pasando el tiempo seguí viendo a la niña lastimada y observé que le estaban quitando o cortando el cabello como macheteado ordinario, de hay yo vivo detrás de la casa de ellos lo que divide es una tabla un plástico y lona y se escucha a Matilde agrediendo verbal y físicamente eso todo se escuchaba en mi casa la hermana Matilde era la que agredía con unas palabrotas, groserías y se escucha los golpes contra la estufa en las mismas tablas también como le pegaban con los palos, pero es que le tenían prohibido gritar pero se escuchaba como gemía, por no podía gritar también la levantaban a bañarse (sic) a las cinco de la mañana con agua fría…”

Dos años en realidad, fue el breve tiempo que Rocío alcanzó a convivir con su desalmada familia. Pero poco importa si fueron días, meses o años, para la joven Yesica Rocío el tiempo fue una eternidad.

Mechones, bofetones y puños por doquier

Puños, patadas, bofetones, cuchillos, palos, tablones, lo que encontraran a mano y por donde cayera. La peluqueaban a punta de “mechoniarle” el cabello. Todas las formas de maltrato infantil, identificadas por los expertos, le fueron infligidas a Yesica Rocío.

Maltrato Físico, con todas las subcategorías establecidas por medicina legal: leve, moderado, grave, antigua, reciente, recurrente. Maltrato Sicológico: clasificado como leve, moderado y grave, identificado este último como “aquel que no tiene retroceso y sus secuelas acompañan a la víctima toda la vida”. Abuso Sexual.

Y las dos últimas, más graves y reprochables porque son atribuibles al Estado y del entorno y competencia de los funcionarios nombrados y elegidos por su idoneidad y capacitación para defenderlas: Negligencia o Descuido, contemplado en la Constitución Nacional y entendido como la privación de las necesidades básicas del niño; y el Maltrato Social que es una consecuencia del anterior y que en pocas palabras se traduce como la falta de garantías para el acceso a los servicios de protección social del Estado.

Los gritos del silencio

Nadie escuchó sus desesperados gritos de auxilio, entre otras porque su salvaje madre y hermanos más la “muendiaban” si se atrevía a utilizarlos. Pero tampoco le hicieron caso a los de sus vecinas, angustiadas, aterradas, impotentes ante el sufrimiento desgarrador que presenciaban.

Otro de los reveladores testimonios recogidos por las autoridades así lo certifica: “:Reconocía la voz de MATILDE quien es hermana mayor de YESICA, la voz de FLOR la mamá y de ARLEY el hermano, estas personas eran las que agredían y se escuchaba cuando le estaban pegando, la niña YESICA ROCIO alguna vez me comentó que ella no quería seguir viviendo esa vida en esa casa porque todos le pegaban yo le informé a la comisaría de familia de Madrid y no hicieron nada…”.

A otra le suplicó poco antes de su muerte, “ayúdeme, por favor, yo no me quiero morir y en esa casa me van a matar”. Sí, las permanentes crónicas de muerte anunciada, todas sin el valor literario del maestro García Márquez, pero con la cotidianidad indolente e insensible de esta desgraciada, discriminadora, irresponsable y anestesiada sociedad sin futuro.

Cuando el acto finalmente se produjo, los informes médicos de los galenos que la atendieron y la autopsia reveló la sanguinaria brutalidad del hecho.

Doce días de espanto

Los doce días finales en la vida de Yesica Rocío Vergara fueron de espanto. La enceguecida furia de la madre -enloquecida por las denuncias de sus vecinos, del colegio donde estudiaba Yesica, de las escasas pero inoportunas visitas de los funcionarios de la Comisaría, de los vergonzosos exámenes de Medicina Legal que acreditaban los daños- finalmente se desbordó.

En una orgía de violencia sin par, cohonestada por su marido y sus hijos, Yesica fue sometida a una o varias sesiones de brutalidad física en donde ni el agua hirviendo se excusaron de utilizar. Convertida en un auténtico Cristo por las torturas infligidas fue literalmente secuestrada durante esos días para que nadie lo pudiera atestiguar.

Hasta que el hedor de sus heridas abiertas se hizo insoportable. Describir su dolor es inenarrable. Su agonía final duró cuatro días, pero aún agonizando y con el hilo que le quedaba de voz, seguía afirmando que sus horripilantes heridas se habían producido al caerse de un caballo.

El 20 de abril del presente año, al fin su madre, acorralada por la evidencia de su expiración inminente la llevó al hospital Santa Matilde de Madrid.

Interrogada por la Policía sobre las causas de la atención a Yesica Rocío, la institución hospitalaria expidió el parte médico que decía: “Paciente en mal estado general con inminencia de falta ventilatoria quien requiere entubación orotraqueal de urgencia, inicio de inotropía y traslado como urgencia vital a Hospital Cardiovascular de Soacha por requerir unidad de cuidados intensivos, ampliación de estudios y valoración y manejo integral de II nivel de atención debido a lesiones múltiples graves. Se notificó a la Policía de Menores por sospecha de maltrato infantil.”

La molieron a golpes

El Hospital Cardiovascular, por su parte, dictaminó “infección local de la piel y del tejido subcutáneo, traumatismo intracraneal, fracturas que afectan múltiples regiones de miembros superiores con miembros inferiores…”.

En idioma lego esto quiere decir que a Yesica Rocío, la molieron a golpes de cuchillo, palo y puños, la quemaron desde el cuello hasta los pies. Que a excepción de sus nalgas, no quedó una parte de su cuerpo sin ser torturado.

Así lo testimoniaron Policía y cuerpo médico que la atendió. La Policía judicial en una inspección técnica al cadáver dice en uno de sus apartes: “se observa un cuerpo sin vida cubierto con una sábana clínica color azul, en donde se procede a destaparlo y se observa un cuerpo sin vida de sexo femenino desnudo, posterior a esto se realiza una inspección ocular al cuerpo con el fin de verificar los posibles signos de violencia en donde se observa que presenta en su totalidad de su cuerpo quemaduras, trauma contundente y herida en cabeza, cuello, cintura pélvica y escapular.”

Flor Alba, la cruel parricida reconoce en un primer interrogatorio que ella misma le había causado las lesiones a su hija con un madero, ocho días antes. Después en connivencia con su moribunda y aterrorizada hija cambia la versión sosteniendo la falacia que la menor se había provocado las heridas cayéndose de un caballo.

El cuerpo como un Cristo

Pero los hallazgos médicos no dejan lugar para la duda. La médico del Hospital Santa Matilde de Madrid relacionó: “1.- Herida antigua de 3X3 cm en cuero cabelludo de región frontal derecha supurativa y eritematosa (y nosotros acotamos, entre otras, porque los golpes caían sobre antiguas heridas que se volvieron a abrir, se infectaron, inflamaron y llagaron). 2.- Múltiples cicatrices antiguas en cuero cabelludo. 3.- Deformidad antigua en pabellones auriculares. 4.- Edema equimosis y deformidad en región periocular derecha. 5.- Edema den dorso de nariz. 6.- Múltiples cicatrices antiguas en región facial. 7.- Deformidad antigua del labio superior. 8.- Edema del labio inferior y estigmas de sangrado en cavidad oral. 9.- Disociación toracoabdominal. 10.- Deformidad en reja costal inferior izquierda. 11.- Gran edema equimosis y deformidad de todo el miembro superior derecho. 12.- Gran edema equimosis y deformidad en mano derecha. 13.- Herida redondeada antigua de 3X2 cm con signos de infección en cara posterior tercio superior de antebrazo izquierdo. 14.- Dolor a la palpación de cadera, pelvis estable. 15.- Múltiples hematomas que comprometen cara anterior de muslo y pierna derecha. 16.- Múltiples hematomas en cara anterior de muslo y pierna izquierda.”

Sería reiterativo y ciertamente insensible seguir recitando los descarnados aportes propios que realizaron los facultativos del Hospital Cardiovascular de Soacha.

Ninguna de estas antiguas heridas, sin embargo, despertó la sensibilidad de la Comisaria de Familia de Madrid. Solo un año después de las continuas quejas de los vecinos y el colegio de Yesica Rocío, a la Comisaria II de Familia, Ruth Mery Moreno Caballero se le dio la gana de intervenir.

Intervención indigna

Pero la intervención de la Comisaria y del personal que la acompaña, no solo da vergüenza, sino que indigna. A pesar de las terribles y recurrentes señales del maltrato, la doctora Moreno les impuso a los familiares de la niña que se “abstuvieran de causarle daños físicos, verbales o psicológicos, de proferir amenazas, agravios, ofensas o cualquier forma de agresión.”.

En uno de los informes de visita domiciliaria rendido por María Lorena Rodríguez Castillo, profesional adscrita a la Comisaría, sugiere una valoración siquiátrica de la menor “porque es preocupante la manera en que la niña se auto agrede la cara”. Si no es porque está escrito, parece increíble, verdad.

En otra visita, la trabajadora social que la realizó, refiriéndose a la dinámica familiar observada afirma: “se evidencia un ambiente cálido, enmarcado tanto por frases como con gestos de cariño de ella (Flor Alba Díaz) hacia los niños y entre ellos”.

La misma profesional arriba citada, concluía su informe final con estas enmarcables palabras: “por lo cual se hace el cierre de trabajo social, al verificar que la señora cuenta con todos los satisfactorios para una calidad de vida acorde a la dignidad humana.”

Otros ojos veían otra cosa

Otra cosa, diametralmente opuesta, opinaban dos profesionales encargadas por la Oficina Coordinadora de Atención Integral a las Personas con Discapacidad. En su informe las expertas afirman: “La joven convive desde hace 2 años con la familia reconstituida de la madre, donde aún no es aceptada por los miembros del hogar. El entorno socio ambiental es de descuido, el tipo de familia es disfuncional y multiproblemática, donde se percibe rechazo hacia la joven.

“Durante la visita domiciliaria se tuvo en cuenta la actitud gestual por parte de la madre, la cual mostró ser intimidatoria hacia la adolescente; lo que impidió que Yesica se expresara con fluidez demostrando temor.

“Se sugiere apoyo psicológico por el evidente trauma que le ha dejado el maltrato por parte de la madre y el presunto abuso sexual por parte de su progenitor…”

 

Naturalmente nada de esto ocurrió. En el juicio que le hizo la Procuraduría Provincial de Facatativá a la Comisaria Ruth Mery Moreno Caballero por omitir “la adopción oportuna y eficaz de las medidas necesarias consagradas por el ordenamiento jurídico, para preservar la integridad física y sicológica de la menor Yesica Rocío Vergara Díaz”, la evidencia es irrefutable.

Un caso aberrante

El juzgador apenas podía creer lo que encontró en su investigación y no duda en manifestarlo. “Estamos, a no dudarlo, en presencia de un caso aberrante en el que se permitió y facilitó la reiterada vejación de una adolescente, que además presentaba una serie de limitaciones cognitivas e intelectivas, que había sido víctima de abuso sexual por parte de su padre biológico y luego del trato cruel e intolerante de los restantes miembros de su núcleo familiar.”

Y la Procuraduría todavía es más lapidaria: “Difícilmente podríamos encontrar otro caso en que se haya dado por parte de la autoridad, un manejo más ilógico e irresponsable de la situación de maltrato infantil físico, verbal y psicológico a un menor. Resulta incomprensible, por decir lo menos, que se haya permitido que las victimarias fueran las que acompañaran a la víctima a los reconocimientos médicos legales…”

Pero cuando se conoce a la Comisaria Ruth Mery Moreno, todas las dudas o manifestaciones de incredulidad se despejan. En el juicio disciplinario, Ruth Mery Moreno siempre mantuvo una actitud gélida, soberbia, arrogante. Ningún gesto de pesar, de arrepentimiento, de pecado. Su conducta omisiva -y quizás hasta homicida- no le despertaba ningún sentimiento de culpa.

Su ineptitud, o su falta de piedad ante la brutalidad infligida, fue tal que la propia Procuraduría lo destaca afirmando que “…la Comisaria ni siquiera comunicó lo que estaba ocurriendo, ni a la Policía para fines de protección, ni a la Fiscalía para la respectiva investigación penal. …Ni siquiera al Centro Zonal Facatativá del ICBF, que tiene jurisdicción en el municipio de Madrid.”

Cargos políticos

Cuando le pedimos al director del ICBF de Cundinamarca alguna información puntual sobre el maltrato infantil en el Departamento, para ilustrarlos un poco mejor a ustedes sobre el posible drama que esta execrable conducta del maltrato infantil, pueda estar ocasionando en nuestra sociedad, ninguna comunicación obtuvimos como respuesta.

Porque nuestra desdicha es que la mayoría, por no decir la totalidad, de esos cargos de alta sensibilidad social, son de designación política. Donde la cualificación personal o profesional poco importa, sino el respaldo y el apoyo político que se tenga.

Y los niños no votan. Mucho menos los iletrados que siempre serán considerados ciudadanos de segunda. Yesica Rocío Vergara Díaz ya, a duras penas, es simplemente una estadística que nadie investiga, verifica o cuestiona.

Ruth Mery Moreno enfila todas las baterías, y sus familiaridades políticas, a conseguir que en la segunda instancia, el fallo de la Procuraduría de Facatativá sea revocado. Y cuando eso suceda, como menta nuestra cínica sociedad: “el muerto al hoyo y el vivo al pollo”. Ese es nuestro país.

Tomado de el periódico eLector.

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